sábado, 16 de julio de 2011

Un momento.

Regreso de compras. Hacía meses que no me metía en el tumulto de la gente y, trasnochado esta madrugada, mi hermano comenzó a echarme vaina para que me levantara…
La Flor de la casa, insistía en que desayunara y, a las 10 am sólo me interesa llevarme el dentífrico para borrar el sabor que disfraza el mentol de su dentrífico. Me tendí en el sofá de la sala, mientras me cepillaba. Usualmente despierto con esa buena costumbre de asearme con agua fresca, enjugar mi cepillo y ponerle la “pasta”. No me cansaré de ser igual. Ya nadie me critica el hábito de pasar rato subiendo y bajando, como mirando a la espuma en que mis dientes se acarician.
Mi hermano comenzó con su peo, su apuro, pero ya me había negado –también- a la insistencia de que comiera; no obstante, sólo por hábito, busqué la leche y le vertí café ¡no por necesidad!
-¡Yo me voy adelante! Tengo que buscar mi carta de postulación.
-¡Bajo en un rato! Quiero enviar un mensaje y es cosa de minutos.
Con calma, sin ese pendejo apuro que desgasta, hice lo que hice, y comenté en qué pase mi madrugada: Leyendo en http://www.believe.com/video/Relationships/Singleness/

Caminé por la anarquía buhoneril. El caos automotor, el acecho de gente, ruedas que amenazan golpear, corneteos sorpresivos que me brincan, que me molestan…
-¡Quítate del medio!
-Voy con la luz de mi semáforo.

Al llegar al sitio, en la Avenida Fco de Miranda, el Mercal estaba hasta las metras. La cola zigzagueante parecía no moverse desde mucho y me hice a un lado, en el último puesto, buscando el cobijo de la fresca sombra. Todos andaban en lo suyo. El que vende bolsas plásticas, el heladero, el tizanero… Vi pasar varias chicas de figura, otras cargaban sus botellas de cerveza, iban y volvía, pues, me tocó parar cerca de una licorería: ¡Qué negocio el de eso oso!
Tras de mí, al poco rato, una linda gordita –blanca y con hoyuelos en las mejillas- preguntóme: “¿Es esta la cola para hacer esas compras?”
- Si nos dejan llegar, así será.
- ¿Ud es el último, entonces?
- -¡No! –le dije riendo- La última eres tú, que acabas de llegar
Cinco tipos charlaban con amenidad. Si conversación giraba en temas de educación, sus opiniones, y –luego de un rato- levanté la oreja para entender sus argumentos, pues, con dificultad se oye lo que dice cada alma, en particular cuando lo que se vende se vende a gritos.

- La matemática de la universidad no sirve –decía uno- Eso puede tener utilidad cuando eres ingeniero o cuando buscas aprobar las materias.
- ¿De qué sirve eso a uno en la construcción? Uno lo que tiene que calcular es la cantidad de bloques, los sacos de cemento… ¡No sirve para nada!
En secreto, sin malicia, reía por algunas de sus opiniones, pero la conversación no era mía. Quería meterme, pero uno no sabe la reacción de la gente.

- ¡Coño! ¿Cómo dijiste?
- ¡Ja! ¡Ja! ¡Me equivoqué!
- ¡Más mejor! ¡Más mejor!
Solté una carcajada. Ellos también la tenían y pensé –en mi secreto- las palabras de Oscar de León, en su “así te darás de cuenta, que si te engañan duele”.
- El pure también se ríe…
- ¡No pude evitarlo! –les referí- ¡Muy bueno el tema que están tocando! Aunque no en todo estoy de acuerdo, pero les respeto… ¡Por cierto! Tú que hablabas del tema de aprender inglés ¡Toma nota! www.livemocha.com
Por allí me les metí, brevemente y, al dejarles porque la cola ya se movía y ellos estaban cerca de la mesa de licores, volví al lugar que la linda jovencita me reservaba.
-¡Gracias x cuidarme el puesto! ¿Estudias?
-¡Noveno grado!
-¡Hmm! Eso debe ser ¿Tercer año del bachillerato?
-¡Sí!
-¿Qué deseas estudiar? (…)

Fue un lindo momento apreciar lo abordable que es la gente, bajo ciertas circunstancias. Incluso, gracias a Dios, hasta el señor que tenía adelante cruzó un par de palabras conmigo y, aunque el sol se posicionaba en su zenit, la brisa –como para volar papagallos- levantaba los toldos del tizanero y estábamos a 10 mts ded la entrada del Mercal.
Mi hermano, ya de regreso de sus diligencias, me llamaba para ubicarme.
- Estoy cerca del Cementerio. ¿Vendrás también?
- Estoy dentro (…) en un rato nos vemos.

Antes de entrar, un joven con su carrito ambulante, trajo música Techno y sonaba tan viva, que olvidé molestia alguna en la sucesión de largas colas (a 10 metros dee comenzar las que habría adentro).
- ¿Es MP3?
- ¡Normal! ¡Normal!
- ¿Tiene interrupciones del locutor? Esas que dicen: DJ X y cosas x el estilo.
- ¡No! Estas son de TIESTO.

Hice un silencio. ¿Qué es Tiesto? Me pregunté, antes de continuar.

- ¿Lo quemaste tú?
- ¡Sí! –me dio por respuesta.
- ¿A qué velocidad?

Hizo una pausa, dejando de mirarme.
- ¡Ahorita no me acuerdo!
Comprendí la mentira, pero le compré el disco igualmente (quería asegurarme de que no tuviera algún virus) (pero tendré que revisarlo y convertirlo a Mp3).

- ¡Suena muy bien! Espero que te quedes, por aquí, un buen rato… ¿Qué track es ese?
- El 3ro –dijo, al otear su equipo.
- ¡Gracias! Ya sé el tema que me gusta.
Me distraje observando muchas cosas, haciendo preguntas…
- ¿Ese cementerio ya no está funcionando para los niños?
- ¡No! Hace años.
- Esas urnas blancas. Esa muerte triste… Yo perdí uno de ellos…

La cola dio el último tirón hasta la ansiada entrada. La recostadera, los tropiezos, parecían nada si ya uno se metía en esa ridícula pérdida de tiempo.
- ¿Queda leche? ¿Queda azúcar?
- ¡Esa vaina es un peo! ¡Se acabó el pollo!
- Raro ¿no?... ¡Vine x mi tetero!
Me hice el pendejo; ya no hay género humano que no quiera filtrarse unos metros “antes” para llegar a comprar primero.

Luego de una apetecible calma, en medio de esa algarabíada anarquía. Las molestias de hombres y de mujeres, se hacía patente…
- ¡Dame mi ticket!
- ¡Me cobraste de más!
- ¡Yo no quiero esa vaina! Yo vine por la leche ¿No hay pollo?

No era mi turno, pero ya “intuía” que no habría mucho para gastar los 100 Bs que me dio mi madre.

- ¡Hágase a un lado!
- ¡Yo estoy primera en la cola!
- ¡Tranquila! No vine a robar, sino a comprar mi tetero.
Al rato, luego de apercibirme de cómo roban estos co*os de su mamá, acordé solidarizarme con un caballero, a mi lado, que se había devuelto porque la “dama” que vente le había cobrado 2 Bs de más (¡un carajo!, pero multiplíquelo x mil personas cada día).

- ¡Deme lo mismo! Dos de azúcar y uno de leche ¡Todo se ha vendido! Pero no quiero arveja, sino lentejas.
- ¡Ya no hay más! ¡Hay que cerrar!

Salí del tumulto. Tras de mí, la cola que tenía, se extrañaba de otros gritos.

- ¿Qué pasó?
- Que la gente quiere cerrar, que desean vender LO QUE A ELLOS LES DA LA GANA y, encima de eso, están cobrando por encima del precio marcado ¡Esto es sucia-limo!
- ¡No!
- Si va a comprar –mire- pida su arveja o lenteja, 3 paquetes de azúcar, y un kilo de leche. ¡No se deje robar! No pague más de 20 Bs.
Al volverme, por un lado, mi hermano volvía de otra cola: No pudo comprar pollo ni enlatados.
- ¡Qué bolas!
- ¿Y si se presentara un peo? ¿Qué se puede comprar en épocas de paz?
- ¡Vamos al otro lado! Quizá se compre arroz, pero habrá que madrugar, otro día.
Estando en otra fila, otra chica, se me coleó.
- Si quieres te pones en la punta… Así te seguiré viendo, en caso que tengan algo para la venta.
- Yo pregunté y vi que el espacio estaba vacío.
- ¡Para ti!
Inicié la más grata de las conversaciones (así como la vivo re-escribiendo) (varias cosas omito).

Mi hermano, nada pendejo, quería entremeterse, cada vez que traía algo, para echarlo al saco de las compras.
- ¿Dónde hay leche?
- En la esa número 5.
- Yo estoy desde las 8 am y no he podido comprar nada.
- ¿Puedes darle el dinero a mi hno? ¡Así te la compra!
Noté su renuencia, una breve desconfianza (¿robar 8 Bs?)
- Luego que salga de esta cola, iré por ella.
Seguí charlando, las aprensiones se entienden…
- Si él no trae o no te la compra, yo te doy una de estas (…)

Llegado nuestros turno, porque ya estábamos lado a lado, observamos que había lo que ellas quería y, al coaccionarle para que llevase LO INNECESARIO, le dí de mi dinero para que lo pusiera en su cuenta, a fin de que, al salirnos, ella me lo diera (cosa que se hizo).
- Dame salsa de soya, azúcar, leche, avena y de ese concentrado.
Al ser atendida, reclamando sus derechos de consumidor QUE PAGA, hubo otro incidente.
- Aquí me falta dinero… ¡Faltan 2 Bs!
- ¡Te los debo! -Le dijo el hombre, con un tapaboca azul, que no dejaba identificarle.
La tomé por uno de sus brazos, procurando calmarla.
- ¿Son 2 Bs? Yo te los pago –mirándola a los ojos- ¿sabes cuánto vale esa misma leche en PDVSA? Yo doy 20Bs x cada kilo… No pares la cola x esa insignificancia (pero multiplícalos x 100 personas haciendo cada compra).
Cuando el antifaz azul se desocupó de las evasiones y esquivos que le daba a mi amiga “Bianca” (así la llamo para guardar su identidad). Vino para atenderme.
- ¡Dime tú!
- Quiero leche y azúcar… El resto ya está listo (antes había discutido con el tipo, pues, bien que quiso robarle dinero y yo la daba la razón).
Salí de ese embudo, junto con Bianca. Mi hermano la sondeaba, la exploraba.
- ¿No le vas a pedir el teléfono?
- ¡Qué cagada! –me refirió ella- Le venden a uno cómo y cuando les da la gana.
- ¡Eres como mi hermana! Pero no te iba a dejar pelear por eso… ¡No valen la pena!
Sacando de su bolsa lo que le encomendé, conversamos un poco y me sentí y tan feliz. Cruzó algunas palabras, reímos un minuto, y nos separamos.
- ¿No le pediste el teléfono?
- ¡No!
- ¿Por qué? Está bien buena.
- Si me quiere llamar ¡Lo hará!
- ¡No le pediste el teléfono!
- ¡No! Le di mi tarjeta. Si quiere ella acercarse –solita- lo hará.
- ¿Sola? ¡Tienes que tener cuidado! No sea que, cuando menos lo creas, viene el marido y te golpea.
- ¡No sé! Pero muy bonita… Como para chuparla toda.

Al retirarnos hacia la parada del bus, bien pesados con el paquete de la compra, mi hermano lamentaba.
- ¿Te quedó dinero?
- ¡Sí! Tómalo.
Sin dilación, volviéndose atrás, procuraba comprar cualquier cosa.
No puse atención al tiempo. Pensaba en esas pequeñeces, en las sonrisas –incluso en otra jovencita- con quien compartí junto a Bianca, en la lentitud de esas colas ¡Qué bella es cierta gente!
- ¡Qué bolas!
- ¿Qué pasó?
- ¡Nada! Volví a encontrarme con tu chica… ¡Otra vez tú! –me dijo- Pero me dio su teléfono.
- ¡Ah! ¡Bien!
- ¡Pero está casada!
- ¡Ja! ¡Ja! Creí irías de compras… A mí me dijo que estaba sola.
- ¿No quieres el número?
- ¿Para qué? Si no me llama ella, no tiene caso.
Al volver a casa, cerca de la vieja, retomamos el asunto de la chica.

-Muchas mujeres se hacen pasar por solteras -que están solas- pero me he metido en peos con eso: Uno tiene que estar alerta. Ya no se sabe quién miente o no te miente... Pero, ¿No quieres el número?
-¡No! ¿Qué te hace estar seguro es el suyo? Pudo haberte dado otro… ¿La llamaste? (…) Algunas cosas son para vivirlas al momento.

No hay comentarios: