jueves, 15 de enero de 2015

Memorias de un inadaptado, por A. Toro



    Eran ya los días de diciembre, como ese día en que me propuse escribir algunas memorias y aquella aciaga máquina de escribir se atascó en la omisión de otra negligencia que nunca asumí como promesa. Me embargaba la nostalgia, la tristeza y el desespero por aquel amor que creí eterno y, que para siempre, no duró. El ensimismamiento revisaba cavilaciones que no deseaba soltar ni pretendía languidecer mientras que -ilícitamente- las retuve escondidas a lo largo de dos décadas con otros amores (si es que lo fueron).

    Hurgando viejos papeles, esos tantos apilados, ya con despropósito y el amarilleo de los años, tropecé con la transcripción de un diálogo de palabras entre Ana y yo. No eran más de 10 páginas, desteñidas por el tiempo y el olvido.

-Admito hice mal -le dije- al vejarte moralmente. No puedo decir que me halle satisfecho pero, por otro lado, tampoco me deleitó ponerte en entredicho.
-¿Cómo, Tony?
-Yo te quería sólo para mí, Anabell. En realidad, te quiero, pero no viene al caso explicarlo en otra conversación para aclararlo. Reconozco hice mal, escribí aquella carta injuriosa. Y, en mi brutalidad pensaba que, si no podía retenerte, evitaría te dieras a los brazos de un malandrín pues, según yo, te evitaría un embarazo y un hijo bastardo con un drogadicto.
-¡Pardiez!
-Nadie, que recuerde, me dio la importancia que tú me diste y, cuando te retiraste de mí, perdí algo adictivo, deseable, que no sabía soltar. Esa relación -o dependencia- era algo nuevo y especial y, por eso te mentía, para confesar arrepentido mis faltas luego. Inventaba tonterías para atrapar tu atención y, cuando ya no la tuve, no supe comprender ni aceptar la nueva situación: ¡Te perdía más! Incluso, involucré a Francis, como si con ella pudiese darle flote a lo que se hundía.
-Ella fue la culpable ¿Verdad, Tony?
-¡Fui yo!... Ella te estaba presentando con sus amistades. Incluso te sedujo con la idea de que yo no valía la pena ¡Claro! Era lógico que ella se ganara mi animadversión. Desconozco si creas en cuestiones extrasensoriales pero -extrañamente- la he encontrado en alguna parte tres veces esta misma semana y más de una vez ¿Cómo es que la atraigo?
-Pero ¡mira la hora? -súbitamente dijo, sin reconvenir.
-¡Ay! Perdóname por haberte despertado.
-No importa, Tony, no estaba dormida. Estudiaba un poco.
-A propósito, Ana, en todo este tiempo ¿Afecté en algo tus estudios?
-¡No mucho! Pero sígueme contando.
-Bueno, cada vez que la veo me da remordimiento. Recuerdo la magnitud de las maldades que te hice... ¡Claro! Llegó un momento en que no me importaban las consecuencias, yo era caso perdido ¡Me olvidarías! Pero sin una remisión y ¡qué difícil e inmerecido es un olvido sin perdón!
-¿Has cambiado, Tony?
-Quizá sí y, quizá sólo en partes. Sigo siendo la misma porquería. Sólo que, ahora, puedo pensar en el mal que cause a otros; aunque no me importe un coño, excepto terminar con la historia de mi insulsa vida.
-¿Terminar con qué?
-¡Conmigo, Anabell! Antes de que llegue el año 1992, ya no estaré aquí para molestarte ni a nadie más.
-¿Te vas a matar? -dijo, con increpación de duda, luego de sarcasmo- ¡No me hagas reír!
-Ya leerás los periódicos (aunque no será una noticia de titulares). Dejaré mis memorias escritas, con sus nombres.
-¿Con mi nombre, Tony? ¿Para qué has de mencionarme?
-Aún no lo decido. Se supone son las memorias de un inadaptado, las de un loco; así que la gente entenderá “la razón” de su suicidio.
-¿Por qué? ¿De qué sirve te comprendan post-mortem? ¿Te justificarás usando nombres ajenos y situaciones pasadas? ¡No te comprendo!
-Deseo dejarlo como testimonio de que pasé por este mundo. Es probable que ello importe a nadie pero, a mí, sí.
-pero ¿Por qué te quieres matar?
-Sencillamente me cansé. Todo es dar vueltas en círculos, Anabell.
-¿No puedes intentar cambiarlos, chico?
-Tengo 23 años intentando cambiar y no logro nada bueno. Detesto cada vez más a la gente, y a mí mismo, por actuar como ellos. ¿Tienes 18 años, verdad?
-Voy a cumplirlos el 30 de diciembre.

    La conversación parecía un monólogo. Al principio de la transcripción me molesté conmigo mismo. ¿Cómo me explico que tantas cosas anduviesen mal, de forma recurrente?

-Estuve trabajando y haciendo varias cosas luego de estos dos años, pero veo que no hallo remedio... ¡Claro! -haciendo un giro de voces introspectivo- He cambiado, pero no tengo metas. Ya no me importa nada, Anabell.
-¿Abandonaste todo? La música, tus estudios de electrónica, etc.
-Hasta la música. Estuve tocando con un grupo y lo dejé porque tenía que viajar hasta el Hatillo y, además, no tenían equipos suficientes. Son tantas las tonterías del camino. ¡Yo no sé! Tantos absurdos y, en medio de lo confundido, sólo sé que quiero escribir renegando de eso.
-¿Por qué no vas a un psicólogo?
-¡No! ¡Que va! Es una buena y bienintencionada pregunta, pero ya he ido y, pagar 150 la hora, para que lo escuchen hablar a uno, serviría a más usar un teléfono.
-Quizá estás siendo tacaño contigo mismo pero ¡busca un oficio! algo que te distraiga y te de más dinero, Tony.
-¿Para qué? Yo no quiero vivir como los demás. Toda la vida trabajan y nunca se sienten contentos o satisfechos. Yo quiero algo más: Deseo conocerme, ahondando en eso que intuyo me falta, para que la vida -de veras- tenga sentido. Es algo superior, muy por encima de pasiones o estos sentidos. Algo que dé motivos de vivir, más que de morir... Sólo sé que -ese algo- aún no lo encuentro. Además, siempre me gustó ser distinto; a pesar de que este capricho me resulto, de algún modo, doloroso. Quizá, no lo sé, esto me acarreó más burlas que aprecio y, si detesto a la gente, ahora, es porque yo les desprecié antes: Me devolvieron mis burlas y críticas. Por eso les odio. No me dejaron vivir mi vida como quería. No me ignoraron cuando lo necesitaba.
-¿Me estás diciendo que preferías que te ignoraran?
-Si hubiera sido rico y poderoso, supongo, las cosas hubieran sido distintas.
-¿Por qué supones eso, Tony?
-Me habían tolerado o aplaudido mis caprichos, por simple conveniencia y, creyendo poder ocultarme de mí -rapándome el pelo- lo que hice fue llamar más la atención. Gané apodos que no quise y burlas que no imaginaba y, aunque también me burlé de muchos, sólo quería alejarme. Yo veía, en humillarme, una especie de suicidio. Era como “la excusa” para marginarme socialmente. Y, hasta llegué a deleitarme de esa burla pues, cuando se reían de mí, me burlaba de ellos.
-¡Eres complicado!
-Y lo soy... ¿Menos que ellos, Anabell?
-¡Yo no sé cómo ayudarte, Tony!
-¡Cómo desearía me perdonaras! Es casi imposible y, aunque pasase, nada sería igual. ¡No tengo remedio! Entiendo el mal que procuré hacerte y, lo que hice, fue por saberme dolido por perderte.
-¿Por qué hablas en tiempo pasado?
-Porque si te digo que todavía me duele, sería como decirte: “Anabell, te sigo amando y te necesito” y esa no es mi intención.
-¡Mentiras!
-¿Mentira? -quebrándose me la voz en llanto- ¿por qué he de mentirte?
-No te creo nada. ¡Eres falso!
-Entiendo. Merezco eso y más pero, si aún lo recuerdas ¿Por qué rompí con un puñetazo el cristal de la ventana?
-¿Qué ventana?
-La ventana de mi cuarto, hace años. La que partí, cuando supe que ya no volverías a los encuentros de ese amor furtivo del que te me alejabas. ¿Lo recuerdas?
-¿Cómo?
-Aquel día al teléfono, cuando frustrado golpee la ventana que rompí. Ese día comprendí la parte oscura del amor que reclama absoluto derecho de pertenencia, o propiedad. ¿Recuerdas cuando traté de manipularte con aquello de que “si no teníamos sexo terminaríamos”?
-¡Sí! Y prefiero no recordarlo, Tony.
-¡Te había puesto a prueba! Quería saber de qué estaba hecho todo eso y, luego de ese contratiempo, tuvimos oportunidades para hacerlo y, sin embargo, no lo hicimos. Yo quería saber si estaba solo en mi ansiedad, en mi incasta pasión. Quería saber si me amabas, o si te amaba. No pensaba en matrimonio por imaginarlo algo inseguro y, quizá, me hubiera aprovechado de ti, no lo sé: Siempre necesité probarte, deseaba conocer ese deseo en tu espontaneidad. ¡No lo sé! Por un lado era craso chantaje y, por el otro, algo de lo que pude tomar ventajas; como cuando amenacé decir a tu padre de nuestra relación: No soporté lo furtivo de aquello... De cualquier forma, se lo dije a tu padre tarde, más por venganza que por buscar su aprobación. Comencé a dudar de ti, no sólo por no querer sincerarte con tu papá, sino que lo entendí como poca sinceridad ante los demás. ¡Era mi problema! No el tuyo.
-¿Cómo, Tony? No pensaste en lo que me acarrearías.
-También, esa falta de apertura tuya -repliqué- era una forma egoísta que te beneficiaba unidireccionalmente a ti: No debimos tener una relación amorosa a escondidas, pese al embeleso de tus besos. La carta que le di a él, no sólo dio un portazo sobre mi cara, sino que angostó el cerco tuyo.

    Anabell se marchó enojada. Su mano dejó una impresión rubicunda, caliente, sobre mi mejilla y -de ese modo- me aseguré pasar otra llave sobre la compuerta de cualquier respiradero. Pasaron los años y el ciclo se repitió más tarde. Era una adicción hormonal y sexual. Amé a otra como a ninguna más (siendo la segunda sólo una adolescente) y, curiosamente, repetí varios errores: Aborrecí mi vida por sólo retenerla (el amor es interdependencia, no lo contrario).

    Pasó algún tiempo. Esa relación terminó y, como todo en la vida, seguí el derrotero que elegía, sin que pudiera tomar algo “mejor” o una situación de mayor ventaja: No tenía nada.

Sombras en penumbras.

    Aquella mañana era fría. Traté de convencerme, como a diario, que todo saldría bien. Había dispuesto, desde temprano, llegar a tiempo a casa de Los Martínez; sin embargo, algo interior me decía que no debía apurarme. Hipócritamente, llegué a controlar lo nauseabundo de mis aprensiones: Recurrir a la gente, en busca de ayuda para llenar mi vacío, me parecía indigno (todavía hoy).
    Tardé poco en dar con mis amigos. Desayunaban y conversaban en su casa sin premura alguna, mientras que algunos otros, estaban sin llegar. Así, instantáneamente, comencé a bromear por el retardo: Era mi manera de polarizar, positivamente, una situación inesperada o indeseable.
    Salimos una hora más tarde de lo planeado y convenido. Estuve tentado a regresarme a casa, pero hubiera sido absurdo, luego de tanto esfuerzo individual del colectivo; así que elegí aprovechar la ocasión para divertirme mientras bajábamos las escaleras de ese corto edificio, abrazándome al cuerpo de Orlanda, como quien coqueteaba tiernamente.
    Al llegar al borde la acera, justo frente a la calzada de aquella avenida de asfalto, nos tomamos de la mano y, la verdad, no es nada usual ver a un grupo de personas -cruzando la calle- tomados de la mano, de una manera divertida. Nos miramos, quisimos cuidar los unos de los otros y, haciendo una cadena, cruzamos un par de canales, hasta llegar al otro extremo.
    Los transeúntes nos miraron. Algunos conductores rieron, y ahora dejo aflorar aquella sonrisa que compartimos pues, aunque no era realmente un espectáculo lo que hicimos, fue algo espontáneo ese caminar juntos, con pasos sincronizados, miradas a las caras, con aquella sensación de pertenencia, solidaridad que -todavía hoy- siento curiosidad por las ideas que no se dijeron o los pensamientos que no se manifestaron.
    Tomamos un bus y marchamos. Un tropel de amigos sólo cabe en la comodidad de ese  espacio y, en ese sentido, el transporte público de esos días, era suficiente. Orlanda y yo no parecíamos soltarnos de la mano. El resto del grupo se dispersó y se sentó pero, ella y yo, nos sentamos juntos. Los chicos y chicas, indistintamente, advirtieron nuestra decisión y, con señas disimuladas, aprobaban la decisión; sin embargo, a instantes, Orlanda parecía abochornada por los guiños o bromas que nuestros compañeros decían. Ingenuamente, me parece, el disimulo de su sonrisa amagaba una disculpa ante esquivas miradas.

-¿Qué les pasa? -dijeron- ¡Suéltense de las manos! -entre risas- ¿No se piensan soltar? ¡Respeten!
-¿Qué hay de malo? -replicó otro- Ellos tienen su corazoncito.
-¡Cuidado! ¡Cuidado! -entre chanzas dijeron- Hay mucha adrenalina.

    Llegamos al Cafetal. El destino de nuestro viaje eran unas cuevas en esa zona y, algo me había movido al desánimo (no lo recuerdo). Intento recordar si era algo fortuito, surgido de la nada o, más bien, el desanimo de que, a ciencia cierta, inculpaba a la dentadura de la chica no me gustaba o toda ella no era lo que yo pensaba merecerme y, en ese sentido, estaba haciendo mal y no sabía cómo desligarme de algo amorfo fraguado en un despropósito.
 Comencé a caminar distanciado del grupo. Simulé concentrarme en los detalles del lugar, observando lo que hallase a mi paso, cómo se vería al regreso, hasta que hallamos algunas personas vendiendo comida y suvenires en el sitio. Más que ver el paisaje o el entorno humano, la verdad, me inventaba cosas de lo que desearía sucediera, una vez que saliéramos de las cuevas (ya las conocía).

-¿Qué te pasa, Tony, que vienes tan solo? -preguntó Morella.
-¡Ah, no nada! -Le mentí.
-¿Por qué ya no vas con Orlanda o nosotros? -Insistió.
-¡Ah! ¡Tú sabes cómo soy! Siento perder algo de mi libertad (soy un tonto egoísta) ¿Me entiendes?
-¡No, Tony! Sólo sé que invité a mis amigos para divertirnos, para andar en armonía. Así que trata tú de entender a los demás pues, lo estás haciendo difícil retrayéndote.

    Entendí parte del argumento. Se dio media vuelta, y a punto de alejarse, la tomé por el brazo y le hablé.

-¡Oye, Morella, ven! Vamos a comprar refrescos y comida.
-¡Ya voy! Aunque ya desayuné en casa.
-¡Discúlpame, negrita!
-Está bien, pero tú y yo hablaremos luego. Hoy no es el momento.

    Nos reunimos en una de las ventas ambulantes. La aglomeración acosaba al jovial vendedor quien, al parecer, disfrutaba la insistencia de nuestros caprichos y, supongo que, por la recompensa del premio del dinero.

-¡Ya va! ¡Ya va! Es tarde para decir: “Uno por no” pero sólo tengo dos brazos y un solo corazón.
-¡Ha! Ha! ¿Y cuál de estas chicas lo habrá cautivado? -me pareció que le dije, para luego retirarme de las chanzas que libremente salieron, mientras yo mordisqueaba algo que me había comprado, recostado bajo la sombra de un árbol.

    De un momento a otro, al observarles, me pareció excesivo lo que comían y, sin duda, los consideré botarates: ¿No habrían comido en sus casas? Se veían inocentes, como niños, y ya todos seríamos adultos.
    Al terminar la orgía gastronómica, seguimos por el camino principal hasta subir una cuesta que nos introducía en ese monumento de rocas y de verde, separándonos definitivamente del asfalto y del concreto maquillado de falsos colores.

    Mantuve mi marcha distanciado de quienes parecían tropezar y caerse. En el grupo se oían las chanzas y los comentarios para que se tuvieran cuidados de no resbalar; pero nadie era un excursionista formado, sino el tropel del encuentro de varios entusiastas invitados. Pude haberme quedado para ayudar a los que supuse débiles (no lo eran), pero algo de mí reclamaba espacio y el momento era propicio, sobretodo, cuando observé que el resto de los chicos estaba más dispuesto a ayudar que yo, en mi distancia.

-¡Apóyate bien antes de dar un paso, Ana! -se dijo hacia adelante- Uno de esos peñascos puede golpear a otro y hacer que se caiga.
-¡No te preocupes, chica! -añadió la hermana de Orlanda, a manera de burla- Tony es tan cabeza dura que, si alguna de esas piedras lo golpea, no se dará cuenta.

    Todos rieron. ¡Hasta yo! Pero ¿qué estaba haciendo mal? (hasta hoy, no lo sé).

-¡Gracias! ¡Gracias! -me pareció que dije- Sólo espero que, deliberadamente, nadie me golpee.

    Ascendimos hasta la entrada de la cueva principal. No era un largo trecho pero, me parece, hubiera sido propio haber puesto cuidado a las conversaciones de cada muchacho. Es cierto que poco se habla en los ascensos o largas caminatas pero, cada cabeza es un mundo y yo parecía esconderme en el mío.

-Tomemos un descanso, y algo de agua -indicó Morella, entre jadeos.
-Preparemos el equipo: Allí no se verá nada -dijo Víctor.

    La intención de aquellas palabras -lo de mi cabeza dura- me fueron un secreto. Supuse, no muy rápidamente que, lo dicho no sólo era una broma del momento sino, en el fondo, otro reproche. ¿Prometí amor o algo especial a Orlanda?

-Vayan con cuidado -se dijo- No hay peligros de caídas libres pero, un coñazo en la cabeza, eso sí que duele.
-¡Que nos adelante Tony! -oí de momento- Anda solo, desde hace rato.
-¡Ah, vaina! Me la dedicaron -mirándoles, les dije.
-¡Enciende tu lámpara! -me indicó Morella, con ademanes- ¡Ya no veo nada! -tratando (más bien) de sacarme del atolladero que yo no comprendía, por otro comentario que embroma.
-¡Eh! ¡Sí! -subordinadamente, le dije.
-¿Conoces bien el camino, Tony?
-¡Claro! Me lo conozco entrando, saliendo no... Las sombras y el juego de las cavernas te hacen ver todo distinto, y no hay manera de saber dónde se está parado.
-¡Ay, Dios mío! -gritó y suspiró Ana- ¿Significa eso que nos perderemos?
-¿Qué te pasa, chica? -inquirió Víctor, añadiendo en tono de broma- Ni que ese túnel nos llevara a la frontera. ¡Es la sensación que se siente! Cuando se entra a una cueva.

    Al momento, recordé una extraña ilusión que tuve en mi juventud, y lo compartí mientras caminábamos sobre el juego de penumbras.

-Hace años, en un sueño -les dije- me vi reunido con un grupo de amigos en una cueva. Entramos allí para escapar de una explosión nuclear y, luego que se redujo el efecto de la radiación, logramos salir sucios y con el cabello largo. No preciso saber cuántos años estuvimos allí encerrados ni cómo sobrevivimos dentro pero, claramente recuerdo salir por la entrada principal que ya pasamos, ver la luz como la vimos hace rato y, de momento, fuimos rescatados por el Señor Jesucristo, quien -levitando por el aire- había venido a nuestro encuentro, mientras caminábamos como zombis.
-¡Ay Tony! -dijo Marianella- ¿Y nos cuentas eso para animarnos?
-¡Uy! -dijo alguno de los otros- para ti sería un sueño pero, con esta oscuridad tan densa, yo lo veo como una pesadilla.
-¡Cierto! -les dije- Debe ser que, en mi subjetividad, más me emociona saber que salimos para reconstruir un mundo que estaba en cenizas, que nos había venido a buscar el Hijo de Dios y que, en medio de todo lo que no vi, éramos un grupo escogido ¿No quisieran ver un mundo nuevo?
-¡Eres raro, Tony! -observó alguien, a quien no recuero- De vaina vemos nuestras caras, con estas siluetas perdimos noción de lo que ahora sea el mundo, y casi me produce mareos caminar o respirar este aire viciado.
-¿Y qué tal si pasase eso ahora mismo? Si cayéramos dormidos en un letargo y en un sueño.
-¡Me asustan! -dijo otra chica.
-¡UUUUUuuuuh! -gritó alguien, espantándonos a todos.
-¡Dejen de hablar ya de eso! -nos pidió Morella- Me da escalofríos lo que dicen y, aquí, no veo nada.
-¡Aaaayyyyyy! -gritó convincentemente Marianella, buscando resguardo.
-¿Qué te pasa, chica? -inquirió Morella, tras los pasos de Víctor.
-¡Una araña! -acorralada por la luz acusadora de una linterna.
-¡Qué asco! -remilgó, otra de ellas, haciéndose al lado opuesto.
-¡Qué grande la bicha esa! -dijo Víctor- Parece del tamaño y forma de un langostino.
-¡Ay, no! -prorrumpió Orlanda- Mejor salgamos de esta vaina... ¿Y si hay más adentro?
-¡Ni se les ocurra correr! -les dije- Esa araña está más asustada de Mariella -¡Digo!- De nosotros, que nosotros de ella.
-¡Muy gracioso! ¡Muy gracioso, Tony!

    Aquellos días Marianella era una flaca alta, no mayor de diecisiete años. Sus gestos y remilgos auguraban una dama interesante, siendo una joven incipiente pero, el amparo de sus hermanos Víctor, Héctor y Néstor, le permitía contar con brazos dirigentes, aunque Morella disimuladamente también la sobreprotegiera.

-¡Humjú! -remedando y provocándola, le dije- ¿No es cierto que nos asustaste a todos?
-Pero tu cuento es más feo.
-No es un cuento, fue un sueño.
-Pero me parece una pesadilla.
-¿Una pesadilla? -remilgué, simulando disgusto- ¿No la asustaste con tus dientes de boca de lobo?
-¡Ya! ¡Ya! ¡Ya, Tony! No vayan a empezar con sus dimes y diretes... Ustedes siempre se ponen como perros y gatos y, a veces, me pregunto si no serán familia.
-¡No! -repuse- Ella es más fea.
-¡Tú! -remedó, empujándome.
-Pero te quiero, negrita.
-Yo no quiero que me quieras, vale.
-¡No se quieran tanto! -observó Juan- si eso es amor... ¡Je! ¡Je!
-Hmmm! Todavía me retumba el oído... ¡Vaya grito! ¿A quién se le ocurre, y en una caverna?
-No fue algo planeado: Se asustó -alegó Héctor- ¡Tú, también, te asustarías!

    Rápidamente, Juan intentó asustar a Marianella, en uno de esos juegos donde las siluetas y la penumbra se prestan a sorpresas.

-¡Coño, vale! -prorrumpió Víctor- ¡Déjala tranquila! No me parece divertido -haciéndola a su lado.
-¡Ay, chico! Me van a poner nerviosa.
-Siento que me desmayo -comentó Morella.
-¡Hmm! Se está viciando el aire... Yo mismo sudo en demasía, y tengo la franela empapada de sudor.
-¡Ya! ¡Ya! ¡Ya! -dijo Francisco, imitando la voz de una viejecita. No vayan a cometer el error de apagar todas las luces, para besarse a escondidas -prosiguió la bufonada-. Recuerden que soy una dama “honorable” y, con esta oscuridad, un escalofrío furtivo rozó mi espalda baja y, si es otra araña... ¡Mijos! ¡Que siga más abajo!
-¡Ja! ¡Ja! Te queda bien el papel de abuelita “mojigata”, excepto por la barba abundante.
-Ha de usarla así, para infundir más respeto.
-¡Malagradecidos! -jugueteó Juan con la mofa- Agradezcan los datos, para que no hagan cosillas.
-¡Ni se les ocurra! -objetó Morella- Acá hay un grupo familiar.

    Las grutas y las luces parecían cambiar el contorno de las cosas. El eco de nuestras conversaciones podía apreciarse, a momentos, de forma distinta y, en algún momento de descanso, jugamos con figuras hechas con las manos.

-Ahora sí ya no podemos usar más la lámpara de gas, Víctor. No sé en qué rincón estemos metidos en esta cueva, pero siento el sofoco, y no es por caminar.
-¡Sí! Consumimos mucho oxígeno -admitió, recostándose a una roca- Usaremos sólo las linternas eléctricas.
-¡Chicos, chicas! Cuidados con las manitas... No quiero verme obligado a tener que darles respiración boca a boca -comentó Juan, emulando la voz de vieja.
-¡Vaya! ¡Qué calor!... Tengo la espalda empapada.
-¿Se te subió la araña a la espalda? -inquirió Juan, con su chanza de la vieja.
-¡Tú si eres pendejo, vale!
-¡Ay! ¡Menos mal que no!... Me pondría celosa -afeminó su juego.

    Hicimos un alto, en alguna parte del trayecto. No me aburría pero, tampoco me divertía. Supongo que, incursionar en la oscuridad no me parecía un reto y, en el fondo, no había nada nuevo que descubriera en otra visita a un lugar que oscuramente conocía.

-¡Uy! Tienes la espalda fangosa Juan.. ¡Tócame la mano!
-¿Ajá! ¡Y yo creí que era una araña!
-¡Coño! ¡Aquí huele a mierda! -dijo alguna de las muchachas.
-¡Yo no fui! -acotó otro de los chicos- ¡Que me registren!
-¡Ja! Ja! -con soltura reí- Debe ser que, una visita previa, dejó las huellas de su rastro.
-¡Coño! ¿Cómo serían sus pedos!
-¡Ya! Me falta el aire -admitió Marianella.
-¡Eso es mental, chica!
-¡Sí! -apuntó otro con sarcasmo- Igual que nuestras espaldas sudadas.
-Mental son esos sueños...
-Hmm! Y, si al salir ¿el mundo está en guerra?
-¡Masoquistas! ¿No pueden decir algo mejor?
-¡Pa´afuera!
-¿Y cuál es la salida?
-¡Glup!
-El orden de los tractores no altera el viaducto; aunque la masoquista sea Ana.
-¡Mira nene! Yo sola no di mi opinión. Además, los periódicos hablan de guerras a cada rato.
-¡Perro! No vinimos a recomponer el mundo -objetó Morella- Salimos a divertirnos ¿No?

    Reímos algo y conversamos un poco, sobre diversos temas, a fin de que el aire volviese a ser cómodo y fresco, como en esa mañana.

-¿Sabes? Me gusta cómo se ve tu rostro cuando de luz se ilumina.
-¡Sí? ¿Por qué?
-Pareces una estrella de cine...
-Pero de películas de terror -interpuso Francisco.
-¡Gafo!... Esto es un laberinto ¿No es así?
-¡No lo sé! -observé. He oído que hay otras cavernas, cuyas entradas han clausurado, por tener peligros.
-¡Mira ese polvillo! -señaló Víctor, apuntando un lugar negro de la cueva. Nos estamos tragando parte de eso.
-¡No les menciones el polen de los hongos!... Tú eres paramédico.
-¡Vaya! Tengo la sensación de estar dando vueltas en el mismo sitio.
-A veces a tientas, por  lo estrecho camino. Otras arrastrado, en el polvo serpentino.
-¡Eso! Poeta... salió con rima. Je! Je!
-¿Y a dónde vamos?
-¡Víctor! Yo me quedo.
-¡Sigue Tony! No seas flojo -dijo Morella, asiéndome del brazo.
-¡No es eso, negra! Mi nariz se está irritando. Y me cuido de una alergia.
-¡Pero! ¿No íbamos de salida? -inquirió Ana- ¿Cómo es eso que te quedas? ¡No entiendo!
-Yo, también me quedo -indicó Francisco, quien arrastraba sus pasos.
-¡Desertores! -dijeron a coro.
-¡Déjennos los morrales! -les pedí.
-Irán más cómodos, sin nosotros.
-¡Gracias! Muy amables... Lo digo por los morrales, acotó Orlanda.
-¿No te quedas con tu galán, Orlanda? -instigó burlonamente Juan.
-¡No! -respondí con desaire- Ella sigue con ustedes.

    Tan pronto se marcharon, comencé a entonar frases de Rapsodia Bohemia. El eco favorecía a todo lo que voz me faltaba. El aire se hizo liviano, y Francisco se animó a cantar unas líneas en falsete. Y, a distancia, creí sentir una corriente de aire que llegaba con nuevas voces, no las de nuestro grupo.

-¡Cuidado! -oí decir- Me quemaste la pierna con la vela.
-¡Apúrate! -indicaron- Quiero descubrir quiénes son esos tipos que cantan tan mal.

    Rápidamente, al sabernos descubiertos, Francisco y yo nos hicimos señas, apagando las linternas para escondernos.

-No deben estar muy lejos, a menos que se hayan ido.

    En secreto, acordamos lo que haríamos y, antes que sus luces nos descubrieran, dimos un alarido como parte de la sorpresa.

-¡Uuuuyyy! ¡Chica! ¿Tú me halaste por el tobillo?
-¿Qué? ¡No! ¡Aaaaayyyy! ¡Me empujaste!... Casi resbalo.
-¡No! Y esos gritos...

    Sin poder contener más la risa, nos descubrieron en las penumbras.

-¡Estos pendejos se propusieron asustarnos!
-¡Qué abuso! -amenazantes- Me halaron por el tobillo, y de vaina no los vemos.
-¡Ja! Ja! ¡Ja! ¡Lo siento! No creí que fueran sólo mujeres.
-¿Y si hubiera caído?
-No pudimos evitar vengarnos: Dijeron que “cantábamos pésimo”.
-¡Pésimo! Y esto que hicieron fue más horrible: Nos asustaron.
-¡Ridículos! -gritó una de las chicas, ahora más molesta.
-¡Hmmm! Si hubieran visto sus caras...
-¡Vámonos! -interpuso la otra- No sabemos qué clase de animales son estos.
-¡Cuidado con las arañas!... Forman parte del comité de bienvenidas de otros bichos.
-Espero no canten tan mal como ustedes -remilgó una de ellas, alejándose con sus tenues luces.

    Riendo todavía, intercambié impresiones y otras ideas con Francisco.

-¿Qué te parecen?
-¡Me gustaron las carajitas! -le dije- ¿No haremos nada para remediarlo? Las corrimos.
-Quiero verlas a la luz del sol.

    Una de las chicas -no sé ni cómo- volvió a nuesrto encuentro, sorprendiéndonos.

-¡Toma, estúpido! ¡Zuas!
-¡Ay! ¿Qué?
-¡Muchacho! ¡Qué coñazo te dieron! –dije de inmediato- pero ¿qué le hiciste?
-Le metí mano.
-¡Coño, pana! Eso no se hace a mansalva –le dije-. ¡Mantente lejos! Estás ruin... ¡Easy comes, easy goes! -añadí, tratando de reanimar al aturdido amigo.

    No habría pasado un minuto de ese golpe, cuando Francisco se reanimaba de la sorpresa.

-¡Buena mano tienes, mi amor! –le dijo- Pero, ¿dónde vives?
-En Prados del Este.
-Yo soy de Catia, para que no me olvides -gritó Francisco.
-¿Y los muertos hablan? -respondió la otra, con sarcasmo- ¡Púdrete allí mismo!
-¿Cómo te llamas?
-Petronila.
-Es hermoso -comentó Francisco.
-Ustedes... ¡Son un crimen!

    Es risible. Nuestro aspecto y la situación en que nos encontrábamos no era la mejor circunstancia para un encuentro que pudo ser amistoso y, sin embargo, no parecía haber verdadero enconos. Me propuse ignorar lo dicho y pensar cualquier, mientras que Francisco tuvo la idea de cantar.

- Now I´m here!.. Now I´m here!...

Pensé para mí: ¿Andaban solas? ¿Tendrían quién las defienda? ¡Me gustaron! ¡Sí! Mentiría si dijera lo contrario; pero Francisco insistía en cantar y demoler la cueva con ecos.

-Now I´m here!.. Now I´m here!... Now I´m there!
-Está bien, Freddy Mercury –dije-. Cantemos otro rato.

    Quedamos en penumbra, recitando palabras y, no mucho tiempo luego, nuestros compañeros aventureros volvieron extenuados, comentando:

-¿Qué es eso de que hay un par de sádicos en el camino? -preguntó Morella- Un par de chicas nos contaron un cuento y, al momento, pensamos que podrían ser ustedes los salteadores de camino.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Es Francisco! -señalé, desligándome de otras implicaciones.
-¡Bah! -espetó.
-¡Sonsacadores! -parloteó Marianella- Nos dijeron que las asustaron y que -además- nosotros también, debíamos tener cuidados de unos violadores.
-¡Ja! Ja! ¡Ja! ¿Violadores? ¿Eso dijeron?... ¡Yo no fui!
-¡Sí! ¡Cúlpame sólo a mí!
-Son hermosas... No lo niego.
-¡Les cuento, chicos! Más adelante en ese trecho final, Víctor y Néstor nos perdieron: Nos pusimos a dar vueltas y vueltas. Yo me detuve molesta a observar, en un mismo sitio, al cesar de seguirlos. ¡Era la misma gruta! Marianella, igual de aburrida, se quedó conmigo; mientras que ellos giraban, sin ver lo equivocados, hasta que llegaron al mismo punto de partida.
-¡Qué piratas tus hermanos! -comentó Francisco- Con excepción de Marianella, claro. Ella es muy inteligente.
-¡Más te vale decirlo! -remilgó aquella- Caso contrario, no te damos de comer.
-¡Ja! Ja! Retira lo dicho, Francisco -atizó Juan- No te dejes manipular por las virtudes culinarias del sexo “débil”.
-¡Bah! Sería lo mismo si hago a caso a tus instigaciones.
-¡Cualquiera se equivoca! -repuso Víctor. No quise hacerles perder valioso tiempo.
-¡Sí! -acoté- Esa parte final es un laberinto.
-Si era eso así, Tony ¿por qué no lo dijiste? -ahondó la hermana de Orlanda.
-No tomo decisiones de grupo, sólo asumo las mías, independientemente.
-¡Vaya! Lo de ustedes es serio -cañoneó uno de los chicos- pero, si Orlanda no se queja...
-¡Orlanda! -mirándola dije- ¡Perdóname! No sé qué te hice, pero me equivoqué; sea lo que sea.
-¡Está bien! Ahora creo lo entiendo -volviendo al retraimiento.
-¡Vamos! ¡Vamos! -dijo Néstor- Es hora de salir y comer. Elevemos la moral... No más decaimientos.

    Me sentí culpable. Aun me siento así. Si hubiera sabido, si hubiera entendido antes; pero hay cosas que no se deshacen, ni antes ni en el tiempo.

-Los políticos se abrazan ¿No? A veces son rivales ¿Cierto? Ni sabemos para qué se dan la mano o cómo es que se quieren...
-¡Shhh! –dijo alguien, interrumpiendo- ¡Caso cerrado!
-Guarda silencio, chico.
-¡Uff! –dije- En verdad lo prefiero. Me bastó lo que ha dicho Néstor.
-¡Okey! ¡Okey! Entendí la indirecta -remilgó aquel, reconvenido- guardaré las apariencias.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Eres una ladilla chico; pero te queremos (a veces).

    Mientras salíamos, nos topamos con otros excursionistas que ingresaban a la cueva. Nos abordaron con preguntas y una serie atropellada de jadeos.

-¿Falta mucho?
-¿Mucho para qué, novatos? -les dije.
-Para llegar, pues –con tono de incertidumbre.
-¿Pero a dónde? -interpuso Marianella.
-¡Ay mijos! -alegó Juan, con la voz de vieja- ¡Es ahí mismito! ¡Ahí mismito!
-¡Je! ¡Je! ¡Sigan! ¡Sigan!
-Adelante preguntan. Ya van cerca.
-¡Qué bueno! -tomando aliento- Un par de chicas nuestras se adelantaron y solas siguieron.
-¡Hmm!
-¡Ahí las vimos! ¡Por ahí las vimos! -señaló Juan, con la voz de vieja.
Adelantados ya, a solas con nosotros y sin extraños, compartimos.

-¡No joda! -les dije- Espero nunca tener que informarme nada por ustedes.
-¡Pobrecitos! Lo que les falta por andar.
-¡Hmm! Y el polvillo revuelto que tragarán con el aire.
-¿Cuánto tiempo nos echamos ahí dentro?
-¡Un par de horas! (Me parece) Pero no tengo la intención de mirar al reloj: Hoy es mi día libre.
-¿Trajeron todos algo de comer?
-¡No todos! Por cierto.
-El que tenga, que me dé algo... La barriga me dice que es hora del almuerzo.
-¡Hmm! Si miras al cielo, tontito, el sol está bien alto, como para no serlo.

    Bajamos por un camino sinuoso, más rápido que durante el ascenso. La vegetación se tornaba exuberante, más densa y, propiamente, se debía a la presencia del agua.

-¿Es esta otra vía de  acceso? ¡Uffff! Cuánta gente viene subiendo.
-¡Sí! y ¡No! Es la bifurcación de la misma vía, a partir de aquel punto de entrada a la caverna; pero el viaje es el mismo, sólo que por otro extremo.
-¡Yo no pienso volver! -dijo una de las chicas.
-He dicho algo parecido, antes y, si no cuento mal, esta es la última vez que vengo. ¡Ja! Ja!
-¡Mentiroso!
-¡Bueno! Una vez que conoces el lugar, no necesitas volver siempre. Acá hay gente que practica el rappel en aquel puente. Otra entrena el alpinismo, sobre aquellas rocas, pero no es ciertamente un parque con mucho atractivo, una vez que ya lo conoces.
-Hmm! Y menos cuando tendré que lavar yo misma toda esta ropa.
-¡Bah! Si tuvieras que ir a la orilla de un río, lo entiendo: Esa tarea es de la lavadora automática de tu casa.
-¡La tengo mala, tonto!
-¡Glup! ¡No dije nada!
-¡Wow! Has de usar un buen detergente para esto.
-Y ¿son estas las negritas que lavan la ropa a sus hermanos?
-¡Ay, Tony! -remilgó Marianella- ¿Te estás metiendo conmigo?
-¡Déjalo, chica! -reparó Morella- Él sólo bromea... ¡Por cierto! ¿Podrías revisarnos la lavadora pronto? A ver qué falla tiene.
-¡Lo que tú digas, mi negra!
-¡Apurémonos! Quiero comer.
-¡Ay mijo! Si no trajiste comida... ¡Te esperas!
-Toma lo tuyo, canalla.

    Había un pequeño riachuelo cerca del lugar que escogimos, al detenernos. Era un claro en el bosque y, en medio había una gran piedra azulada que usamos como mesa, sirviendo en ella algunas cosas. Parte del grupo no halló acomodo suficiente para sentarse en un mismo sitio; así que nos dispersamos por el camino, sobre pequeños peñascos, que sirvían de sillas.

-¡Wow! ¿Quién hizo esto? -inquirí, saboreando pan con ensalada- ¡Delicioso!
-Orlanda y su hermana.
-Necesitamos un baño -observó Francisco.
-¿Para lavarnos las manos?
-¡No! –afirmó, pausando-  Nos hace falta un baño, y desodorante... ¡Vaya tufo, carajo!

El sitio era acogedor. La comida sobraba y, la verdad, no puse atención al equipo que habían traído pues, valió la pena la faena de cuidar sus cosas. Cuando estuvimos satisfechos y reposados, otro grupo llegó al recinto y, como vimos que había unas chicas atractivas, hicimos lo propio cuando nos abordaron por sorpresa.

-¡Hola! ¡Buenas tardes! –dijeron- ¿Les molesta si descansamos entre ustedes? ¡Estamos agotadas!
-¡Mayor gusto no encuentro! –admití- Siéntense donde puedan… Los muebles no son cómodos. ¡Lo lamento!

Víctor, quien era el más corpulento de los nuestros, se levantó de su sitio y, tratando de congraciarse a tiempo, sacó varios sandwiches de un conteiners, para ofrecerles a las chicas que se unieron a nuestro grupo.

-Nuestra hospitalidad no es pétrea como los muebles y, si nos aceptan, comida tenemos.
-¡Aceptarlos no! –repuso una de ellas, sonriente- Pero panes sí queremos. ¡Ja! ¡Ja!
-Algo duritos los asientos… Pero, dura fue la subida, para llegar hasta esos oscuros huecos.
-¡Ajá! –habló Juan- ¿Significa eso que les gustaron las cuevas?
-¡Si y no! –dijo una.
-Primera vez que venimos al Cafetal -dijo una morenita, con ropa muy sucia.
-¡Y la última! Diría yo –admitió otra- Al menos para mí. ¡Ja! ¡Ja!
-¿Qué pasó, chica? –inquirió Néstor - ¿No te gustó esto? -mientras Morella se acercaba al grupo, trayendo algo de refresco.
-¡No! –remilgó aquella, extendiendo la mano- Yo pensé esto sería otra cosa.
-¡Bueno! ¡Bueno! –reposo alguien más- Tan malo no fue; aunque perdimos dinero adentro.
-¿Cómo es eso, de veras? –dije- ¿Sólo dinero? ¿O documentos de identidad?
-¡Sólo plata! Anduve descuidada y, por uno de esos boquetes, se me cayó el bolso y lo perdí.
-¡Ay! Menos mal fue eso –admitió Marianella. A mí me salió una araña gigante y ¿Qué sabe una haya dentro de los boquetes?... ¡Noooo, mi amor! Mejor fue así.
-¡Uy, no! ¿Arañas dices?
-¡Sí! Grandísimas –puntualizó- y en forma de langostinos.
-¡Qué bueno! –dijo Ana- Dudo alguien la regrese.
-¡Sí! –comentó Néstor- Es probable que se pierda más buscando lo perdido.

Tengo la impresión -no lo sé- que todos comenzamos a dar más atención (y miradas) al grupo de extraños, en lugar de a los nuestros. Los chicos que venían con aquellas, casi de inmediato, se sentaron alejados y, no habiendo ya espacio, estas se acercaron a nuestro lado y, sin percibirlo, del mismo modo como nuestras chicas sintieron algo de celos, al sentirse ignoradas, también aquellos, porque no los incluimos y fuimos lentos.

-¿Qué tal la pasaron muchachos? –pregunté, tratando de abordarlos- ¿Se divirtieron?
-¡Algo! ¡Algo! –dijo uno, huidizo.

    Al sentir ese hielo, la sequedad esquiva de quienes se sentían bien sólo conversando con los suyos, preferí sentarme cerca de la morenita que me gustaba. Y, tratando de incluirme a lo ajeno, cada quien anduvo a lo suyo.
-¿Cómo te llamas?
-¡Marinel!
-¿Vives cerca?
-¡No! En Altagracia.
-¿Dónde es eso?
-En el centro.
-¡Qué? Estos chicos (y chicas) son de la zona… ¡Vaya coincidencia! Pagaré tu pasaje, si lo permites.

Yo vestía un short negro, mis zapatos preferidos de cuero y una franela amarilla. Su ropa era blanca, sus dientes no era eran perfectos, pero me atraían sus ojos y boca. No sé qué pasó, pero me conecté con esa chica… Un amor que duró más de veinte años.

-¡No! ¡Gracias! –dijo, sonriente- Mis amigas lo pagan.
-Hmm! ¡Okey, Marinel! Lo que quiero es irme contigo ¿Puedo quedar en tu grupo?

Yo no fui el único. ¡Je! ¡Je! Varios de los nuestros procuraron lo mismo y, por cierto, Morella me hizo un guiño.

-¡Bandido! -dijo- ¿Ya cuadrarse?
-¡Eso quiero, negra! Como sea.
-¡Hmm! No le hagas lo mismo que a Orlanda.
-¡Sí! –pausé, admití con la mirada y agregué- Pero es que ésta sí me gusta.

Marianella comenzó con sus chiquilladas. Tal vez, no lo sé, ella fue la que primero se puso remolona pues, hasta sus hermanos se volvieron galantes, Víctor más generoso y, los muchachos que acompañaban a las chicas eran muy niños (o resultaron ser familias) cosa que nos dio ventaja.

-¡Espéranos chica! Con esas largas zancadas, nos vas dejando lejos –dije.
-¡A no, Tony! Yo camino como quiero.
-¡Lo sé! Pero, incluso, dejas a tu hermana y a tus hermanos ¿No salieron juntos?
-¡Uy! Con esas piernonas hasta se sube por las lianas.
-¿Me estás diciendo mona, Francisco? –Al decirlo, abrió todo su boca, algo molesta.
-¿Yo?
-¡Camina, Marianella! Pero no nos dejes, o mi padre te mata –dijo Morella.
-¡Te lo dije, Tony? –Gritó Francisco.
-¿Qué le dijiste? Hombre de “secretos”.

Al momento, Juan susurró algo a mi oído y, Morella lo tomó como algo de su incumbencia.

-¡Hmm! ¿Y, ahora los hombres secretean y murmuran? (si es que son hombres, claro).
-No es nada, negrita, nada.

Al instante, con renuencia, Marianella había decidido quedarse relegada en la retaguardia, rebeldemente.

-Sé que estás cansada, hermana. Si te apuras otro rato, te daré de mi jugo –invitó Morella.
-¡Dame a mí! -replicó Francisco, como buen oportunista.
-¡Es sólo para Marianella! –replicó la hermana- ¡Levántate, chica, y anda! –dijo, colocando los puños de sus brazos sobre ambas caderas.
-Si no caminas, te echaré agua fría –amagó Francisco, atizando las cosas- y no tendrás de beber.
-Si no me dan jugo -dijo aquella, indispuesta- regreso sola a mi casa.
-¡Vete! Te doy permiso –retó Francisco, simulando una orden, cuya autoridad no tiene- ¡Ese jugo es para mí! -recalcó.

Contrariamente a lo que se esperaba, Marianella se levantó del letargo de la comida y siguió, pero no para incorporarse; sino para deslindarse, al punto, que hubo insistencia para frenarla de seguir tal capricho.

-¡Espera! ¡Espera! -intervino Morella, conciliadora, como siempre.

    Pero no bastó la palabra ni el intento de que la detuviesen, hasta que Víctor, el hermano mayor  hablase.

-Si avanzas un poco más, le gritó con carácter, te verás en serios problemas; mientras que Néstor sólo observase, asintiendo con la mirada.
-¡Esta negrita sí es terca! -dije- ¿Cómo será cuando tenga la mayoría de edad?
-¡Déjale! ¡Déjala! Que ya sabes sólo busca el impulso para valerse de cualquier excusa -replicó Héctor.
-¡Te queremos, mi vida! -dijo Juan, con su juego de imitar aquella viejecita.
-¡Malcriada! ¡Toma el jugo! -dijo Morella y, bajando la voz, tomándola del brazo, le dio la regañina.

    Las chicas que nos acompañaron sólo reían a estas cosas, pero no creo hallan notado la distensión real de las cosas.

-Tú no puedes regresar sola -logré escuchar- ¿Quieres que mi papá te mate?
-Es que me fastidian con sus bromas -replicó, deponiendo su enojo.
-¡Sé tolerante, chica! Es una debilidad a la que sus burlas sacan provecho, y te dejas manipular muy fácilmente.

    Marianella, sedienta, tomó la cantimplora del agua como lo haría una primate. Luego bebió del jugo que su hermana le ofrecía, mientras que sus dedos largos y delgados eran una mezcla de gracia, de ruda inocencia y, en ese entonces, nunca pensé que ella sería una hermosa y sensual mujer pero, esos días, algo me despertaba el fastidiarla (y el efecto era recíproco). Se lavó las manos y, simulando tener más sed, se hizo de la cantimplora pero, esta vez, fue para arrojar todo el contenido sobre Francisco, hasta que el agua acabó.

-¡Toma, tonto! Esto es para que respetes -dijo, con aire vencedor y petulante.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
-Hoy no es tu día, Francisco. Has llevado más golpes que pocillo ´e loco.
-¡Mejora tu suerte! -decía Juan, desternillado de risa.
-¡La astucia femenina nunca falla! -indicó Marianella, risueña y jactanciosa, dejando ver toda su dentadura inferior.
-¡Ajá! -replicó aquel- Ahora no te diré que puse dentro del agua que bebiste.
-¿En serio, chamo? -dije- ¿Pusiste eso que te pedí no echaras? -pero era una mentirilla que dije, para ver cómo reaccionaban. ¡Eso no se hace, vale! -añadí.

    El rostro de Marianella demudó de victorioso a la crasa duda. Sus ojos mostraban la incertidumbre y la duda.

-¡No insistas con mirarlo así, chica! -dije- No te dirá la porquería que puso allí dentro -insistí- ¡Muy mal hecho, vale!
-¿Qué echó dentro? ¿Saliva?
-¡No! ¡No! Peor que eso.

    ¡Aquella cara! Si pudiera describir con letras esa expresión y todo lo que hizo en fracciones de segundos. Era tan transparente esa niña... ¡Dios la bendiga!

-¡Sigamos! -dijo Orlanda- Está bueno de pendejear tanto -asiéndome por el brazo y halándome por el camino.
-¡Ja! ¡Ja! Te lo creíste, flaca.
-¡Ja! ¡Ja! Me vengué -remedó Francisco- Me vengué, negrita.
-¡Te noto raro! -dijo Orlanda, mirándome tiernamente a los ojos.
-Si tú lo sabes -repliqué, mientras nos alejábamos del grupo- no haces una pregunta cuando sabes la respuesta.
-¡Coño, Tony! Tienes un ego tan grande que no ves más allá de la miopía -soltándome el brazo agregó, alejándose- Me pesa sentir lo que por ti siento.

    Esas palabras me conmovieron, pero nunca pude forzar lo que de veras no sentía. No la conocí bien, no era fea y, en ese entonces, mis gustos eran más caprichosos, aunque nunca atiné a ver mis muchos y reales defectos. Yo, estúpidamente, buscaba un prototipo y, que recuerde, sólo la rechazaba por algo que noté en su dentadura...

-¿Qué pasa con Orlanda, Tony? -llegándose hasta mí- ¿La tienes de juguete?
-¡No, Morella! -objeté- Estás confundida, creo.
-En ese caso, lo estamos todos ¿No te parece?
-¡Pues, sí! -admití- Ella me tomó del brazo y, la verdad, me confunde ella. Me agrada, pero no daré alas para volar.
-¡Hmm! Por allá anda lloriqueando.
-Yo no fui -recusé.

    Me sentí un idiota, así que la salida de ese sitio no me fue precipitada. Recuerdo, de mi parte, haber estado más pendiente de MP que del resto del grupo y, la verdad, la amistad que trabé con el resto de sus amigas, allí, fue tan superficial como ligera: Sólo ella me interesó (y gustó).

    De allí en adelante, luego de ese primer encuentro casual con MP, me hice asiduo visitante de su casa y de una de sus vecinas (la que -inadvertidamente- olvidé mencionar conocí en ese viaje). En días progresivos conocí a su madre, a su abuela (la que nunca fue amable conmigo) y tanto ella como yo nos visitábamos en ambas casas y, cada miércoles, las veces que iba a los lazos de mi cuarto, ella y yo fuimos el uno del otro, como marido y mujer, guardando ese secreto de la madre (hasta que la amiga me contó que yo no era el único hombre en su vida, que MP se anduvo besando con otro en una fiesta a la que ambas asistieron...) y todo lo que me fue tan hermoso se volvió añicos en ese desengaño que me marcó con heridas, que me decepcionó de la vida y, al sol de hoy -ya repuesto- perdí ciertas ilusiones que pudieron madurar; aunque puedo admitir que no he sido un santo para nadie y que, probablemente, hice más daño del que supuse ella me hizo.


Recuentos.

    Cierta vez, la mujer que más quise, escribió así:
Tony:
Este amor que yo siento es el instinto que todo ser humano posee y debe aprovechar en ocasiones, con gran sinceridad y afecto por el hombre.
Con estas pocas palabras, llenas de ternura, te pido me cuides y me orientes en todo momento; para que junto a ti, me haga cada día una persona mucho mejor y una “mujer” mejor realizada.
Tu mejor amiga y, a la vez, tu compañera. Tu novia que te desea lo mejor, con los mejores momentos ¡Eso sí! Junto a mí.
                                    MP

    MP era Católica, apenas una liceísta que dio alas a mi vida... Pasé 20 años esperándola y, finalmente, la saqué de mí (Dios tuvo parte en ello: La idolatraba).
    Cierta vez, con oportunidad a esas confesiones no publicadas, le dije que había pensado lanzarme por el balcón del apartamento donde todavía vive. Le expliqué que lo haría justo al momento en que me besara -como “amigo”- sólo para hacerle sentir algo de culpa, alguna confusión, si en un arrebato de locura presenciase ese acto de muerte, pues -esos días- yo me sentía más muerto que vivo pero, algo (un no sé qué) me impidió hacerlo para acabar con lo que me quedase de vida. Supongo, de alguna forma, me mantuve en la inconfesa esperanza (procurando solaz) que algún día volveríamos, como el trillado sueño del “para siempre”.

    Es tarde para admitirlo pero, si hubiera seguido con ella, habría caído en otro abismo de insatisfacciones (luego de más de 20 años, ahora la conozco). Si una persona no llena a otra, indefectiblemente, aquella irá tras lo que desea o piensa necesita. Cada persona desea vibrar, vivir y sentir lo que cree hay dentro de sí y, muchas veces, somos egoístas al decir: “Quiero porque me quieren” y no es al contrario: “Quiero por que quiero”.

    Los afectos, me parece, son una calle angosta que fluye en dos sentidos. Necesitamos el halago y el auto-halago, el saber que estoy con quien quiero y no con quien -de milagro- “me aceptó y me tomó de la mano”, como un trozo de tela roto. El amor, tal como la amistad, no es algo que se mendigue ni se pida, se da solo y es espontáneo.

    Algo, no sé porqué, nos ha hecho creer que somos poco más allá de nuestra simple medida. Creemos merecerlo todo y, eso “todo”, algunas veces, a cambio de nada. Naturalmente, necesitamos el ejercicio de conocernos a través de este intercambio con otras personas, ellas son un vivo espejo que habla -para bien o para mal- no como aquel espejo lisonjero de la bruja mala de Blanca Nieves.

    Tras nuestra ruptura, me parece, comencé a verla como a un fantasma en las calles. Más de una vez creí verla en rostros ajenos y, en obnubilaciones de la mente y mi penumbra, me pareció verla con uno y otro y, si era eso una forma de tormento, lo padecí. Jamás, que recuerde, tuve alucinaciones pero, su ausencia, me llevó a ese desorden mental.

-¡Tony! ¿Sabes algo? Unas chicas y chicos de la universidad planeamos ir a una comunidad indígena de La Gran Sabana el 16 de este mes. Vamos con un profesor que ha convivido con ellos antes, y les ha pedido permiso para que podamos entrar en su territorio y compartamos con ellos.
-¡Bueno! Que yo sepa, los venezolanos podemos estar en cualquier parte del país sin necesidad de pedir permisos en “territorios”… Eso dice la Constitución Nacional.
-¡Sí! Pero es una formalidad protocolar que tenemos que respetar, pues ellos han estado en esas tierras por siglos... ¡No empieces con tus legalismos! -remilgó Jazmín- Déjame seguirte contando: Vamos a llegar a Santa Elena y de allí iremos un pueblito de artesanos, donde nos reuniremos con el resto de personas con quienes iremos a la casa de un guía que nos hará falta para el resto del viaje.
-¿Cuánto tiempo pasarán en eso?
-Pasaremos la navidad allá y, si todo sale bien, serán unos quince días. ¿No te gustaría ir? Las muchachas son muy chéveres y la vas a pasar de lo mejor ¡conociendo gente nueva!... ¿No te animas?
-¡Creo que no! No tengo dinero.
-¡Anda chico! No hace falta mucho. Yo sólo llevo como mil bolívares. Consigue un poco, y yo te ayudo en lo demás.
-Es que -lo que tenía- se lo presté a Mary. Ella quería comprarse un par de zapatos, y no sé cuándo me los pueda pagar.
-¡Llámala y pregúntale! Usa el teléfono de aquí mismo.

    Estábamos en el apartamento de la abuela de Jazmín. Esos días (que me fueron aciagos) recibí el bálsamo de la amistad y, entre Mariela, la abuela, y sus familias, con Jazmín hallé cierto solaz.

-Acepto la oportunidad, amiga, pero tengo cierto inconveniente: ¿Sería un abuso de mi parte si te pido hablaras primero con ella? ¿Sabes! Estoy tratando volver a juntarme con ella y no quisiera presionarla, porque no tiene cómo ganar dinero... ¡Salúdala cuando menos!... Yo me encargo de lo demás.

    Discamos el número en aquel voluminoso teléfono gris. Ese sonido -con poco esfuerzo- podría emularlo, mientras Jazmín sostuviera una charla superficial con Mary... Al rato, desplazándome del otro extremo de la mesa del comedor, me senté en la silla que Jazmín desocupara, abandonándome a una relativa privacidad.

-¡Aló! -Dije, procurando disimular la emoción.
-¡Hoooola, Tony! ¿Cómo estás? Ya me parecía raro que Jazmín me llamara.

    Parte de mí necesitaba un madrinazgo; sin embargo, no sé si controlé la emoción y el audible jadeo de escucharla, al menos, a través de un cable.

-¡Hola, Marinel! ¿Cómo estás tú?
-¡Bien! ¡Muy bien!... ¿Y tú qué andas haciendo?
-Bueno, vine a visitar a Jazmín -y a la abuela- y de pronto me salió una invitación para ir a La Gran Sabana; pero no puedo ir.
-¿Por qué no puedes ir, Tony?
-Porque yo había quedado verme y salir contigo estos días, y no tengo dinero.
-¡No te preocupes por el compromiso! Podremos vernos cualquier otro día.
-¡Bueno! Pero en cuanto al dinero... ¿Crees que puedas pagarme lo que me debes? Yo no pensaba pedírtelo todavía pero -como estoy pelando- necesito algo más que eso.
-¡Ah! ¡Okey! Creo que puedo conseguirlo con mi abuela: Yo te lo tenía guardado, pero tuve que gastarlo comprando cosas personales pues, desde que murió mi madre, las cosas no han sido mejores... ¡Bien! Llámame mañana y veremos cómo hacemos para encontrarnos y darte el dinero.

    Ya no estoy seguro si recuerdo ese día. La mente se me bloquea cuando hay cosas que no se desean, cuando se idealizan situaciones o cada persona reniega de lo que fue, para mí, una verdad.

-¡Oh! ¡Sí! Te llamaré... De cualquier forma (aunque no salgamos a un paseo) igual te veré.

    Los recuerdos se mezclaron con el pastel de esas imágenes que cualquiera desea conservar en el lienzo de sus memorias. Puedo verme caminando a su lado, no en sitios atiborrados, de lo que fue el mercado de Guaicaipuro. Parábamos en un lado y otro, mirando cosas a la venta, hasta que finalmente decidió comprarse un par de zapatos. Cada vez que me preguntaba, automáticamente respondía, si algo me gustaba y, al momento de aquella elección, nada objeté, para lo que ella sola usaría.

-¿Te gustan estos Nike rosados? -me preguntó.
-Son bonitos... pero yo no los usaría... Sólo combinan con el color de tu labial.
-¡Tonto, Tony!

    Me gustaba verla sonreír. Todo yo, en mi oscuridad, parecía brillar con su presencia y, de algún modo, intuyo que eso era amar de verdad. Con el pretexto de palpar la calidad de aquellos zapatos, toqué el borde de sus tibias manos y más que sentir lo que ella compraba, sentí la presencia de ese ser que a mi lado tenía y mis deseos añoraban.

-¡Espero que nadie me vea por aquí!
-¿Y eso, Mary? ¿Te ocultas ahora?
-Sólo deseo que nadie -quien me haya visto con Gustavo- me vea ahora.

    Un desagradable prolapso estomacal sentí descalabrando dentro de mí... No tenía idea que su vida estuviera ligándose a alguien, mientras yo insistía en aquel religar, sin abdicar.

-Ooops! Pensé te sentías cómoda en mi compañía.
-¡Lo estoy! Lo que me incomoda es que otros me vean.
-Me cuesta entenderlo: Lucho por evitar extenderme en un abrazo mendicante y tú, de tu parte, tienes tu propia lucha... ¡No lo sabía!

    Algo me obnubiló (y lo sé). Traté de abreviar los pasos del tiempo y -al momento de esa despedida- hice un esfuerzo para retrasar el instante en que me pareció que la vi (o imaginé) en su deseo por besarme en los labios, al tiempo en que la tarde nos despedía: En lugar de mis labios, su beso no erró en mi mejilla.

-¡Tú sabes lo que siento! -murmuré apesadumbrado, buscando en sus ojos una mirada de comprensión o de aliento.

    ¡Sí! En cada hombre hay un Werther y, en cada mujer, hay una historia escondida de amores. Ese ángulo rosa y romántico me dejaba sin aire, sin esperanzas, y no siempre fue así. Me sentí frustrado por no poder alterar el orden de aquellos acontecimientos y, aunque en mi mente hablara “de nosotros” otro nombre aparecía de lo que ya era mi nada. ¿Para qué hacerlo más funesto?

-¡Llámame cuando quieras! -dijo audiblemente, cuando mis ojos luchaban por retenerla, cuando el bus la retiraba.

    Su madre había muerto pocos meses atrás y yo, intenté desprenderme de ella el 24 de diciembre del año anterior; cuando mis exigencias viscerales parecían aumentar la demanda de esos apetitos que a ella me unían, en la confusión de cosas que ciertamente jamás comprendí: Una parte era amor, otra lujuria y adictiva dependencia sexual. ¿Cómo es que no supe entender el agobio de sus sentimientos? Mis reproches, unidos a mis demandantes recriminaciones, bien pudieron aniquilar sus buenos deseos... Hoy cosecho la desgracia de esa insensatez, la tristeza del dolor que le causé; aunque la omisión de confesiones mutuas nos creó mayores inseguridades.

-¡Adiós! -dije para mí- Quizá pensé merecerte en más y, mis faltas, mi ausencia en tus momentos de crisis, demostraron que yo no te merezco, pues no te fui solidario, excepto para saciar mis apetitos.

    ¡Sí! Ella lo supo: El daño que me hubiera intentado hacer nunca estaría justificado, porque no era todo su culpa y, cómo costó quitarla de ese altar y de la cúpula de cristal con que la envolví por dos décadas... ¡No hubo otra como Marinel!

-¡Tonino! Verás cómo el viaje te reanimará -comentó Jazmín, llegados al terminal de buses.

    Había un buen volumen de pasajeros y autobuses en tránsito. La época decembrina es propicia para que muchas personas viajen para estar con los suyos, con los que viven lejos y, paradójicamente, nosotros seríamos algunos de los pocos que se ausentarían de los familiares para nadar con extraños.

-¡Jazmín! Al momento, estoy abierto a todas las posibilidades.

    Aquella añorada mochila roja descansaba sobre la comodidad de mi espalda. Un morral Millet -como ese- era poco común esos días, y sólo los excursionistas consagrados darían lo que cuesta.

-Te presentaré con las muchachas... ¡Aquí viene Nayibe!

    Nunca pregunté qué motivó a Jazmín. Hizo una buena obra conmigo, jamás podré devolverle tantos favores, pero nunca indagué -con certeza- que la motivó a extenderme esa invitación.

-¡Hola! ¿Cómo estás Jazmín?
-¡Bien, chica! Te presento a Tony, él irá con nosotras...
-¡Coño! ¡Qué bueno! No me gustaría que viajáramos únicamente mujeres...

    Para mi sorpresa, me pareció inusual ser el único varón que verían en un viaje de 15 días y, algo aturdido con pensar en ello, no supe informarme bien; aunque no me sentí amenazado, sino homenajeado, cuando vi llegar más mujeres aglutinándose a ese grupo.

-Aquella es Nancy, a su lado está Esther y la que viene... ¡Disculpa!... ¿Cuál es tu nombre?
-¡Angela!
-¡Gracias! -dijo Jazmín- ¡Y discúlpame! Casi no uso tu nombre debido a lo poco que nos encontramos en la universidad... ¡este es Tony! -presentándome de una, para añadir- Y aquella que parece no tener calor es Mary.
-¡Je! Je! No es que no tenga calor. Tengo gripe y no quiero empeorarme; de allí que me abrigué.

Entre tanta gente uno percibe las rarezas y, de alguna manera, algún atisbo hipocondríaco.

-A su lado está Adriana y Alejandra...
-¿Así que no hay ningún muchacho en el grupo? -pregunté, no sorprendido, procurando conocerles.
-¡No! -respondió alguien del tumulto- así que te tienes que portar bien con nosotras.
-¡Al contrario! -les dije- Ahora que tengo la oportunidad de “portarme mal” ¿cómo se te ocurre que sea bueno? ¡He! ¡He!
-¡Qué va, Tony! -repuso Nayibe, con cierta petulancia- No tienes cara de esos así. ¡Je! ¡Je!
-¡No te asustes! -asintió Adriana- En realidad el resto del grupo llegará allá -por avión- a un punto de encuentro, porque otros marcharon en jeep.
-¡Ah! -dije en broma- Nosotros somos el proletariado.
-¡Ja! Ja! -admitió Jazmín- Y nos tocará viajar en la cocina del autobús, así que no posterguemos ir subiendo, para acomodarnos.
-¡Ay, Dios! ¿Qué haré rodeado de tantas mujeres?
-¡Bueno, Tony! Lo que debes hacer es cuidarnos -reparó una de ellas, sabiamente.
-Pero ¿quién me cuida a mí? ¡Ja! Ja! Me siento como en el grupo minoritario... ¡Sí! Es un privilegio estar rodeado de tantas chicas, pero soy sólo yo quien está en esa prerrogativa avasallante, diría yo, no ciertamente bromeando... ¡Pónganse ustedes en mi lugar!
-¡Sobrevivirás, Tony! -espetó Nayibe- No somos caníbales. ¡Ja! Ja!

    Era una situación particular y nueva. Jamás me vi rodeado de tantas chicas y, la verdad, mis asuntos  de nostalgia, abandono o rechazo, se difuminaron en ese caldo de hormonas. Temperadamente, diría yo, el hombre a esa edad se inventa muchas cosas románticas al ver a alguien quien le guste y, es posible que las damas se hagan similares ideas, sólo que son más reservadas que el grupo masculino y hacen lo propio.

    En un instante, ya nos habíamos acomodado en el viejo bus bluebird que logramos alcanzar mediante la compra presencial de boletos del transporte públicos. Había gran expectación de nuestra parte, cierta euforia juvenil, porque nos anticipábamos a un aventurero viaje, fuera de la ciudad y, en medio de todos, había el alucinamiento de la solidaridad grupal. Ese tiempo de espera en el bus servía para que las chicas se reconectaran, la universidad no siempre les permitía conversar, saberse más allá de la evidente mascarada de sus nombres, mientras que los bultos de nuestras cosas se apilonaban en un par de asientos que dispusimos pagar, en lugar de ser usados por personas.

-¡Hmmm! A poco, lo hicimos un camión de mudanzas -referí- ¿quién de ustedes trajo tantas cosas como para gastarse un mes fuera de su casa? ¡He! ¡He!
-¡Ja! Ja! -admitió Jazmín- No cabe duda que las mujeres somos previsivas.

Dentro de mí, afloró una idea y, en un descuido, se hizo risa.

-¡Ajá, Tony! ¿De qué te ríes? -inquirió Jazmín- ¡Dínoslo!
-¡Ay me descubrieron! -admití- Pensé en tantas cosas... ¿Seguro no son demasiadas toallas sanitarias?
-¡Tonto, chico!... Imagino que falta poco para que el conductor encienda este viejo bus y nos larguemos.

    Hay ideas equivocadas que nos hacemos en cada encuentro. Era un preámbulo que prometía mucho, sin el juramento de nada y -la verdad- cada instante debe vivirse, para luego evocarse y disfrutarse.
    Mary -la chica que cuidaba de su salud- parecía inclinada a la hipocondría. Cubría su boca con un trozo de tela, mirando a su alrededor con recelos y, si de veras se cuidase ¿cómo aventurarse a un viaje donde podrían haber ciertos imprevistos? Nayibe, una morenita bastante delgada y petulante para mis gustos, parecía ser la más segura y dominante en su grupo. Su negra cabellera larga no era tan bien cuidada como el resto de las otras, pues, en algo se me parecía a una de esas hippies del bulevar de Sabana Grande. En su hablar había algo desconocido que, mal etiqueté como a un frasco de venenoso o a un asunto enojoso y, la verdad, tuve que esperar un buen tiempo para conocerle... ¡Una gran persona!

    Durante breves charlas extemporáneas, interactuando con estas personas, percibí los matices de la aprensión, la tentativa indiferencia, sus aparentes apatías, etc. Nadie que no se conozca accesa a los rincones de nuestra confianza y, aunque más que tácitamente esperaban de mí el rol que cualquiera imaginase, nadie asume un papel que no quiera y -de allí- que cada uno de nosotros reconozca ciertos límites “sociales”, algunas barreras interpuestas, del modo que cada uno se comprenda en el redondo de su propio cerco.

    Mi corazón empezaba a inclinarse sobre la persona, cuya primera impresión, me causó repulsión. Era una flaca muy blanca, su cabellera me chiflaba -como su modestia- y mi primera impresión al verla, fue rechazarla silenciosamente en mi mente. Si la comparase con los encantos que tenían las otras chicas del grupo, su cabello sólo me gustaría pero -al ver su lado humano- me prendí, de corazón.

-¡Nos vamos! -gritó alguien- ¡Nos vamos!

    El chofer del bus se había dignado dar su señal para movernos y, las chicas que estaban sin abordar, se apercibieron de la inminente partida.

-¡Por fin! Ahora sí será la marcha.
-¡Ay, Adriana! Hazle señas a Alejandra, para que se suba de nuevo... No cesa en despedirse de los suyos.
-¡Sí, lo haré! -respondió y actuó- Ya viene de despedirse de su madre, y viene acompañada de su hermano.

    Aquel muchacho la tomó tiernamente de sus brazos, como tratando de imprimir en su pecho un recuerdo de amor indeleble. Su mamá, desde la acera contigua, no paraba de mover la mano en señales de despedida. Había en ellas la emoción de lágrimas y ese afecto único de madre e hija que, para esos días, yo no conocía y, aunque Alejandra trataba de disimular la humedad de ese llanto reprimido con sus manos, no pudo desdibujar la verdad de su tristeza. Al momento, tuve la impresión de que no volveríamos más, que iríamos en un viaje sin retorno y, de ser así, me embargó una fugaz nostalgia: Yo, también, dejaba a los míos.

-¡Dios! Cuánto amor -pensé para mí mismo- ¿Hube visto algo así antes?

    No recuerdo si vi al padre, no recuerdo si lo tuvo o lo tendría; pero me fascinó ese lado de mujer, ese amor de verdad.

-¡Qué abrazo! -espeté- ¿No te duele los huesos de amor?

    Su rostro blanquecino se iluminó de esa sonrisa; pero sus lágrimas dejaban ya huellas por otros sentimientos desbordados.

-¡No te preocupes! -le dije- ¡Volveremos! Y estarás de nuevo con ellos.
-¡Lo sé! -me dijo- pero es una mezcla de cosas...
-¡Hmm! No será una larga ausencia.

    Quisiera volver a verla y retomar esas vivencias. Es como mirar a quien quieres y no desear que el tiempo ni ese momento transcurra otro segundo.

-¡Tratemos de sentarnos lo más cerca posible! -indicó Jazmín- Así nos será más fácil divertirnos. ¡Tony! Si quieres puedes venir a sentarte aquí conmigo.
-¡No! -respondí seguro- Prefiero quedarme de este lado. Le daré la ventanilla a Alejandra y no estaré tan cerca... Prefiero empezar a conocerla.

    Hoy, tantos años después, siento el sonido de un flechazo cruzando el viento... No era mi intensión desilusionar a una amiga pero, por otro lado, le fui sincero: Alejandra me gustaba y, lo que en un momento fue cierta repulsión, se volvió otra cosa... ¿Qué cosas les habría dicho de mí Jazmín? Cuando me mencionó, en su grupo, y antes de mi venida ¿les habría hablado de aquella relación de afinidades que alguna vez mantuvo? ¡No lo sé! Y -ahora- lamento cualquier desilusión posible.

    Alejandra tenía una blusa blanca, tejida, sin mangas, ligeramente descubierta y, en algún momento de un descuido, vi que tenía una afección de piel cercana al hombro. Al notar los poros del área, me pareció un empeine, como piel de gallina, y admito que tal visión fue lo que me causó la repulsión que temporalmente sentí.

-¿Hace cuánto la conoces, Tony?
-Tenemos siendo amigos -respondí- unos dos años, me parece. Es la primera vez que viajo con ella fuera de Caracas... Y tú ¿quieres mucho a tu familia, Alejandra?
-¡Mucho! Y, sin embargo, quisiera amarlos más.
-¡Se nota! -admití- Aunque, también, te embarga la tristeza. 
-Me preocupa mi madre: Está un poco enferma.
-¿Qué tiene?
-¡Ah! -haciendo una pausa- Está afectada un poco de los nervios. -Volviendo, sobre sí la mirada, y la complicidad de su silencio.
-¡Sabes, Alejandra? Mi mamá, también padece de los nervios. Casi todo la preocupa, la entristece o la deprime. Vive de pastillas, contra ese mal que la acecha... En parte, te entiendo.
-¡Sí! -haciendo otra pausa de silencio- pero mi mamá está delicada... Pero ¡se va a poner pronto mejor! -acotó, como reafirmándoselo a sí misma- La voy a extrañar mucho durante días: Las dos nos echaremos de menos...
-¡Bueno! En mí tienes un amigo -observé, auscultado la mirada de su rostro cabizbajo- Y, cuando quieras llorar, sólo busca mi hombro, y lloraremos juntos...
-¡Ja! ¡Ja! Te gusta llorar -también- mucho ¿no?

    Su rostro se iluminó alumbrando el mío. Era como el aliciente de un sediento, la persona que esperaba, pero sin saberlo.

-¡No! -respondí a su pregunta- En verdad no me gusta llorar; pero tengo fuertes motivos para hacerlo, así como para viajar lejos, como tú.

    Una lágrima amenazó salir por su ojo izquierdo; aunque su sonrisa era blanca y modestamente tierna. Era humilde, frágil, delicada. Sin embargo, la nostalgia la delataba en períodos de mutismo, y no me propuse indagar nada de lo que ella misma, espontáneamente, no  dijese. Si hubiera pensado en Marinel -en cualquier momento- habría desperdiciado parte de la rápida dicha de ese viaje.

- Adivino que algo más te entristece.
-¡No lo sabría explicar! Estoy bien... No te preocupes, Tony.
-No lo hago. Espero que tus motivos no sean más tristes que los míos... Cuando menos, tengo la ayuda de Jazmín. De no ser por ella, imagino, habría muerto o estaría emocionalmente muerto.
-¡Sí! Es bueno tener amigos... ¡Seremos amigos!

    En ese momento, por sus afirmaciones, me pareció hice una especie de tácito de juramento de amistad. Mis prejuicios se desvanecieron en pedazos, era un afecto mal definido, por aquella primera impresión -sin duda- hipocondríaca. ¿Qué sabe uno qué cosas afectan realmente a la gente? Se ve lo que se lleva a flor de piel ¿Quién mira -ciertamente- lo que afecta cada alma? Sólo Dios, sólo Dios.
    A lo largo del recorrido, más de 10 horas en carretera, conversamos más de un par de cosas. Su acento era rítmico -típico de chilenos- pero no muy marcado, por la influencia venezolana. Sus ojos eran acaramelados y, si aún puedo recordarlos, indagaban lo que deseaban a profundidad, con cierto capricho.

    Cada cierto tiempo y distancias que no preciso, el bus se detenía en algún restaurante para que comiéramos, tomáramos provisiones o usáramos un baño, cerca de alguna estación de gasolina y, en algún momento trayecto, cabeceó desvaneciendo el peso de su cabellera negra sobre mi hombro, por el agotamiento de las horas.

-¡Oh, discúlpame! -dijo, despertando al la sorpresa.
-Si te sientes cansada, si el viaje te adormece, puedes recostarte de mí para ponerte cómoda.

    A partir de ese momento -poco a poco- me fue tomando confianza y en su sueño resbalaba, como quien no haya fácil dormirse sobre un hombro, así que mis manos le sirvieron de almohada, como pasa a cada niño que tiene a su padre guardándole en el letargo de un sueño. Más temprano, Jazmín o alguna de las chicas, nos daban un saludo o una visita para saber cómo íbamos y en sus rostros se dibujaba una sonrisa. Yo, de mi parte, admitía un rápido enamoramiento, pero sin manifestar nada que tuviera que ver con ello en mis palabras.

-¡Tony! ¡Me sorprendes! Apenas te has movido de tu puesto y, por breves minutos, sólo pasas por mi lado, saludándome a medias... ¿No te gusta el viaje? -Inquirió Jazmín, en un sarcasmo de broma.
-Hmm! Me gusta hacer de ángel guardián. ¡Je! ¡Je!
-¡Ten cuidado! -me dijo con una mueca discreta- No todo lo que brilla es oro -añadió y, a mi paso resuelto y esquivo, quedé sin entender.

    Llegados a la última parada, en la plaza del pueblo de Santa Elena de Guairén, me sentí muy desorientado en la noche. Las luces eran escasas, el pueblo resultó caluroso y no divisé ningún edificio alto, cuyas luces me sirvieran de hito para una geográfica referencia. Todo, allí, era nuevo y, en la penumbra de lo poco que nos iluminaba opté por no alejarme del grupo: Allí no había nada que se pareciese a la ciudad.
    Como me sentía extraviado, no sólo por le viaje, sino por caminar entre personas que en mucho no conocía, Jazmín vino en mi socorro. Vanamente insistí andar con los pasos de Alejandra pero, los suyos, también la envolvieron.

-No te alejes de mí, Tony. Aquí buscaremos al grupo de avanzada y veremos dónde nos acomodaremos para el resto de la noche.

    No dije nada. No sabía qué decir y, en ese momento de tinieblas e incertidumbre, me dejé llevar, pero cargando mi equipaje.
    Me presentaron con uno y con otro y, la verdad, no hice diferencia; excepto cuando conocí al profesor que lideraba al grupo, por cuyo intermedio accederíamos a la comunidad indígena. Su aspecto era delgado, alto, con una frente bastante despejada y, al oírle hablar por un rato, sospeché su tendencia sexual y, en secreto, rogué para que no se fijara en mí (modestia aparte).
    Con una avalancha de pasos, como en días festivos, recorrimos buena parte del pueblo y, haciendo una parada, nos ofrecieron alojo en la casa del partido AD... La luz era pobre, el descuido del sitio era generalizado pero, en medio de lo que parecía una sala amplia, nos tenderíamos todo lo que faltase de noche, para salir a la mañana siguiente.

-Discúlpennos que no tengamos otro sitio que ofrecerles jóvenes pero, la afluencia de nuevos turistas, nos tomó en sitios mejores que les habríamos ofrecido y, tan pronto amanezca -se les pide- no dejen nada sucio o roto aquí, porque el uso oficial de este sitio es para fines políticos, y no para turísticos.

    Las chicas, que seguían siendo la aparente mayoría, correspondieron al unísono, mientras que yo trataba de identificar a los nuevos rostros que se unirían al grupo.
    Los saludos, las sorpresas y abrazos reinaron por un tiempo. Sus cortas conversaciones se acompasaron al ritmo de un rápido acomodo de pertrechos, mochilas y bolsas y, tan rápido como hacía mis silencios, preparé un lugar que ofrecí a Alejandra y, de modo insospechado, replicó con rechazos.

-¡Deja de molestarme! Dormiré donde yo quiera...

    Tengo la sensación de que alguien la indujo a rechazar mi cariño y mi acomodo. Si no fue ella, tal vez, la atosigué de caricias y de acomodarle el pelo, cosa que por horas hice durante el viaje y, tan pronto nos unimos a ese grupo, algo la dispersó de mí: ¿Me toleraba en silencio? ¿Habría alguien -entre esos- con quien tuviese una relación y pensó sentar distancias? ¡Jamás lo sabré!

-¡Lo siento! -remilgué, sorprendido- No era mi intención molestarte.

    De allí en adelante, me replegué en mí y, avergonzado, ni me acerqué a Jazmín... ¿Sería esa la advertencia que quiso darme? Sin aspavientos, eché mi cuerpo, mi morral Millet -y mi talego- al área central de aquella sala, respetando las distancias. Guardé silencio y, a la mañana siguiente, me esforcé por sonreír a mi anfitriona mas, en este recuerdo, no me asimilé al grupo sino, por el contrario, me vi más como individuo y, en lo que dependiese de mí, mi solicitud y solidaridad, serían más para mí (cosa que Jazmín me recriminó luego, como una descortesía). ¡Como fingir un desaire?

-¡Trata de incluirte! -acotó oportunamente- No viniste solo, Tony.
-Lo intentaré, pero ya me conoces, Jazmín amiga.

    Para mi fortuna, el resto del viaje se haría en vehículos todo-terreno y pequeños. Ello me permitía escabullir las miradas, las preguntas, para concentrarme más al disfrute del viaje que a las personas. No me acerqué, a nadie más, del grupo de chicas y, sin embargo, Nayibe y otras me hablaban o me hacían una breve burla, pero no malintencionada. En el fondo, me parece, intentaban congraciarme con Alejandra, pero el uno y el otro ya habían cortado las riendas.

-Bueno jóvenes, acá nada de botar contaminantes a estas tierras (que no nos pertenecen). Procuremos ayudar, en todo lo posible y, mucha discreción y, en eso, no les falta el consejo de un adulto.

    Jamás había visto a un indígena Pemón. Por convención y respeto, se había acordado que no les diríamos indios y, en las charlas de temas sobre psicología, se decía que les resultaba despectivo.

-¡Coge luces , Tony! Esto es más que una expedición -apuntó Jazmín- es una clase antropológica y una práctica de campo.
-Y ¿a mí -remilgué- me trajeron como loco tratante?
-¡Tonto!

    Al llegar al Paijí me sentí en otro mundo. No tanto por los excéntricos que hallamos al paso, sino por lo simple y linda que era el modelo artesanal de sus casas. Sus paredes simples y modestamente adornadas en blanco o crema, no tenían el común cerrojo blindado de las puertas, no había allí el enrejado metálico de los antirrobos y, vivir en una ambiente así -casi vulnerable- me hacía, a mí mismo, vulnerado.

-¿Exterminaron a los rateros en este pueblo? -pregunté. Acá veo las casas frágiles, hechas para vivir libres de rejas en sus ventanales ¿cómo se produjo este milagro?
-¡Hmm! De quien tendremos que cuidarnos es de observadores... No tienes una hora en le sitio y conoces sus debilidades. ¡Je! Je! Aquí no hay ratas -dijo el anfitrión- pero nos cuidamos de merodeadores.
-¡Ja! Ja! ¡Sí! -asentí sonriendo- Es un pueblo muy limpio... Me resulta extraño no ver letreros ni alambradas.
-Hmm! Pero tenemos un comisario y ¡con buena puntería!

    Volvimos a reír, todos juntos... Quien nos recibía era caballero de aspecto hindú, con una casa chica, pero hermosa, con muchas piezas de madera de ornato y con otro tanto incrustadas en el techo, a modo de vigas y cumbreras.
-Excelente trabajo de carpintería -le dije.
-La decoración es excelente -otros dijeron.

    El anfitrión, al igual que yo, había puesto inadvertidamente los ojos sobre una morenita que se unió al grupo al llegar a Santa Elena de Guairén. Sus cabellos largos y negros brillaron con el resplandor de luces de uno de los ventanales, y su piel era oscura (como la de Pocahontas) con un cuerpo innegablemente atractivo y yo -en retirada- seguía a los que seguía en ese proceso de re-acomodos.

-¡Bienvenidos! Ustedes pueden descargar sus cosa en el pequeño comedor. ¡Caballeros! -captando nuestra atención con sus manos- A la noche podrán dormir ustedes aquí y, las damas, en el piso de arriba, en el salón contiguo  a mi cuarto.

    Vicente “Caicusui”, nuestro guía Pemón, en algún momento, le puso un nombre indígena pues, para los sabedores de esas etnias, esta nueva chica era una princesa...
    Dimos varias vueltas por el pueblito, conocimos algunos sitios, nombres y personas y, al caer la noche -luego de una comida ligera- hicimos lo propio del descanso y, a la mañana siguiente, me entero de los pormenores.

-¡Dormimos divino! Refirieron -desde arriba- algunas de las chicas.
-Yo mejor, al pasarme a su cuarto.

    Al instante, se cruzaron una risa de entendimiento y miradas pícaras, tras abrirse otra puerta que dejaba salir a quien allá nos recibía.

-¡Perro! Fue rápido el flirteo de nuestro anfitrión con la morenita -pensé cabizbajo y para mí- Esta carajita sí es promiscua: Terminó durmiendo en su recámara en menos de un día... Sin embargo, no le culpo. Yo también le puse el ojo.

   

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